Se me olvidó que te olvidé
Por Leticia Valdes
Víctimas de rígidas divisiones de género, excluidas de cualquier reconocimiento, durante siglos se le ha negado a las mujeres el acceso a la cultura y al estudio del arte. Tal fue esta postergación que las primeras artistas recogidas en los libros de historia (cuyos discursos proponen una celebración de la masculinidad) datan apenas de 1800.
Relegadas a la esfera de lo doméstico, supeditadas a ser las modelos o las asistentes de los hombres o, peor aún, despojadas del crédito por su trabajo (que solía adjudicársele a algún padre, hermano, maestro u artista varón) pocos son los nombres que conforman una pequeña lista de excepciones.
Dos de ellos son los de las abadesas Hitda de Meschede (978-1042) e Hildegarda de Bingen (1098-1179) quienes, durante la Edad Media y gracias a su vida religiosa, fueron elevadas por la fuerza de la institución sobre toda diferenciación sexual mereciendo así acceder tanto a la pintura como a la escritura para dedicarse entre otras cosas a la ilustración, producción de códices y composición musical (beneficios que no hubieran disfrutado de ser simples esposas, comerciantes, campesinas o sirvientas). Sin embargo y a pesar de que trabajaban en los scriptoria de los conventos copiando e iluminando manuscritos igual que sus compañeros varones, no fueron valoradas a la par de sus contemporáneos.
Dos de ellos son los de las abadesas Hitda de Meschede (978-1042) e Hildegarda de Bingen (1098-1179) quienes, durante la Edad Media y gracias a su vida religiosa, fueron elevadas por la fuerza de la institución sobre toda diferenciación sexual mereciendo así acceder tanto a la pintura como a la escritura para dedicarse entre otras cosas a la ilustración, producción de códices y composición musical (beneficios que no hubieran disfrutado de ser simples esposas, comerciantes, campesinas o sirvientas). Sin embargo y a pesar de que trabajaban en los scriptoria de los conventos copiando e iluminando manuscritos igual que sus compañeros varones, no fueron valoradas a la par de sus contemporáneos.
Durante este ‘periodo de florecimiento y exaltación de la feminidad’ conocido como Renacimiento italiano, se cree que las aportaciones de las mujeres fueron mayores. Y, si bien es cierto que existieron aquellas que lograron autonomía económica con el ejercicio de su oficio, dichas libertades solo tomaron la figura de licencias: "las mismas licencias que en los siglos siguientes se ligaron a mujeres a quienes su rango o su fortuna emanciparon de la moral al uso, la cual siguió siendo en general tan rigurosa como en la Edad Media". [1]
Es el caso de Sofonisba Anguissola (1535- 1625) quien, instruida de forma particular por artistas profesionales, comenzó tomando la pintura como un arte de pasatiempo (privilegio de la aristocracia) y acabó consiguiendo una plaza como pintora de la Reina de España motivada por su aspiración de pertenecer a la nobleza.
Es el caso de Sofonisba Anguissola (1535- 1625) quien, instruida de forma particular por artistas profesionales, comenzó tomando la pintura como un arte de pasatiempo (privilegio de la aristocracia) y acabó consiguiendo una plaza como pintora de la Reina de España motivada por su aspiración de pertenecer a la nobleza.
Esta posibilidad de iniciarse en la práctica, aunque sea de manera informal, fue una ventaja singular puesto que otra de las grandes dificultades fue la prohibición de la participación de las mujeres en la enseñanza académica, gremios, talleres, concursos y mecenazgos.
Artemisa Gentileschi (1593- 1654) fue la primera en ingresar a la Academia del Dibujo en Florencia, pero accedió a la pintura de la mano de su padre, el artista Orazio Gentileschi, quien fue su maestro hasta que le asignó un preceptor privado (uno de sus colaboradores que se tomó la atribución de violarla cuando era una jovencita). En adelante y por tal motivo, sus imágenes estuvieron signadas por fuertes rasgos feministas. Así lo señala la historiadora Teresa Alario: “las figuras protagonistas de su pintura tienen una actitud especial de coraje y llenas de fuerza física y moral que se resisten a ser controladas, sin que haya correlato en los personajes masculinos”. [2]
De esta forma la pintora buscó enaltecer, sobre todo, a las mujeres representadas en raptos y violaciones, temas excesivamente reiterados, como así la innumerable cantidad de desnudos elaborados para el gozo y el deleite de la mirada masculina (otra importante arista que se abre en esta historia de maltrato y vejación).
Artemisa Gentileschi (1593- 1654) fue la primera en ingresar a la Academia del Dibujo en Florencia, pero accedió a la pintura de la mano de su padre, el artista Orazio Gentileschi, quien fue su maestro hasta que le asignó un preceptor privado (uno de sus colaboradores que se tomó la atribución de violarla cuando era una jovencita). En adelante y por tal motivo, sus imágenes estuvieron signadas por fuertes rasgos feministas. Así lo señala la historiadora Teresa Alario: “las figuras protagonistas de su pintura tienen una actitud especial de coraje y llenas de fuerza física y moral que se resisten a ser controladas, sin que haya correlato en los personajes masculinos”. [2]
De esta forma la pintora buscó enaltecer, sobre todo, a las mujeres representadas en raptos y violaciones, temas excesivamente reiterados, como así la innumerable cantidad de desnudos elaborados para el gozo y el deleite de la mirada masculina (otra importante arista que se abre en esta historia de maltrato y vejación).
Como si todo esto no hubiera sido suficiente, se sumó una nueva traba en la libertad de las mujeres: la idea de maternidad impuesta como idea de placer. A partir de la primera Revolución Industrial, la ‘familia’ como la base de la institución anuló su vida en sociedad, creando un tipo de feminidad relacionada con la sumisión, la domesticidad y pasividad. En adelante, cualquier tipo de participación, aporte u opinión calificaba a su autora de ‘moral cuestionable’ contribuyendo de esta forma a la dominación de los hombres burgueses en la vida pública y las instituciones políticas.
Elisabeth Vigée-Lebrun (1755- 1842) fue quien plasmó en sus lienzos esta nueva concepción de la mujer ligada al hogar y la familia. Considerada como la pintora francesa más famosa del siglo XVIII, se especializó en el género del retrato realizando un gran número para la realeza, la nobleza y el alto clero, como también vastos autorretratos cargados de gracia y belleza. Estos rasgos, que también se verán reflejados en las escenas junto a su hija, le fueron adjudicados a las protagonistas de todas sus pinturas que tuvieron a la ‘maternidad’ como tema recurrente.
Elisabeth Vigée-Lebrun (1755- 1842) fue quien plasmó en sus lienzos esta nueva concepción de la mujer ligada al hogar y la familia. Considerada como la pintora francesa más famosa del siglo XVIII, se especializó en el género del retrato realizando un gran número para la realeza, la nobleza y el alto clero, como también vastos autorretratos cargados de gracia y belleza. Estos rasgos, que también se verán reflejados en las escenas junto a su hija, le fueron adjudicados a las protagonistas de todas sus pinturas que tuvieron a la ‘maternidad’ como tema recurrente.
Pero la tensión por la diferencia entre los sexos devino en una nueva forma de resistencia: el feminismo. Aunque sin adoptar todavía esta denominación, la toma de conciencia de su opresión y dominación movió a las mujeres a la acción, como el caso de la artista Adelaide Labille-Guiard (1749- 1803) quien a principios de 1790 realizó una campaña para que la Real Academia de Pintura y Escultura de Francia se abriera a la admisión general de las mujeres.
El fin de la modernidad, por tanto, lentamente abrió lugar a otros puntos de vista, autorías y sistemas de representación. Así Berthe Morisot (1841- 1895) decidió convertirse en artista dedicándose a la pintura de forma profesional. Su trabajo la llevó a vincularse con el movimiento impresionista (la vanguardia del momento) al igual que sus colegas Mary Cassatt (1844- 1926) quien rechazó el matrimonio para dedicarse a su carrera y Marie Bracquemond (1840- 1916) que expuso junto al grupo en reiteradas oportunidades. Sin embargo, sus nombres quedaron ensombrecidos por el conjunto del movimiento que estaba conformado principalmente por hombres.
Estas artistas no fueron la únicas opacadas por sus colegas varones, durante el siglo XX surgieron nuevas y grandes figuras que tuvieron que vivir a la sombra de sus amantes o esposos. Gabriele Münter (1877- 1962) trascendió como la estudiante y compañera de Vasily Kandinsky pero fue una pintora y fotógrafa expresionista que, entre otras cosas, salvó más de 80 obras del movimiento Der Blaue Reiter de su destrucción durante la Segunda Guerra Mundial. Frida Kahlo (1907- 1954) componente fundamental del arte mexicano, fue reconocida mundialmente recién después de su muerte, situada al nivel de su marido Diego Rivera aunque sus obras no alcanzan la misma cotización. Como así Lee Krasner (1908- 1984), esposa del artista Jackson Pollock y figura clave del expresionismo abstracto norteamericano, quien abandonó la pintura tras el éxito y las imperantes necesidades de su esposo a pesar de su asombrosa calidad y talento.
Cansadas de lidiar con diferentes factores para poder sobresalir, las mujeres buscaron nuevos temas y soportes en su afán por manifestarse libremente. Así surgió el arte performático como el mayor representante de este grupo que exigía la reivindicación como idea de inclusión.
Durante 1950 y 1960, con esta ampliación de las prácticas se consiguió hablar contra la discriminación racista, clasista, homofóbica y de cualquier naturaleza sexista y contrario a la mujer, aunque el feminismo en el arte no consiguió erradicar su antigua ideología ni en su núcleo ni en sus mercados.
Si bien se ha construido la idea falsa de que toda forma de violencia ha desaparecido, en la actualidad continúan sucediéndose degradaciones semejantes: así como no existe un país en el mundo donde una mujer gane lo mismo que un hombre por hacer el mismo trabajo [3], la figura del ‘artista de éxito’ o de relevancia internacional todavía está sesgada a nivel de género, relacionada con lo masculino. Este es un paradigma que se ha intentado romper poco a poco y, aunque ha ganado muchos espacios, el crecimiento de la mujer no ha sido equiparable.
Lo cierto es que existe una inequidad evidente en el número de oportunidades que se le otorgan: las artistas no cuentan con la misma cantidad de exposiciones individuales, sus obras cotizan a menor valor y no tienen la misma representación en galerías ferias o museos. La lucha entonces continúa para desprenderse definitivamente del papel que les fue heredado y conseguir que el actual sistema patriarcal y excluyente comience a utilizar criterios igualitarios.
Aunque es innegable que todos estamos influenciados por las creencias e ideologías de aquellos que precedieron a nuestra educación formal, no hay razón para afirmar que ciertos comportamientos no pueden cambiar porque están demasiado arraigados o ‘ya forman parte de nuestra cultura’. Como declarase Chimamanda Ngozi Adichie, las más importante escritora feminista nigeriana: “La cultura no hace a la gente, la gente hace a la cultura. Si es verdad que no forma parte de nuestra cultura el hecho de que las mujeres sean seres humanos de pleno derecho, entonces podemos y debemos cambiar nuestra cultura”. [4]
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[1] DE BEAUVOIR, Simone; "El segundo sexo", Buenos Aires, 2008, Editorial Sudamericana, p. 91.
[2] ALARIO TRIGUEROS, Teresa; “Arte y feminismo”, San Sebastian, 2008, Editorial Nerea, p.14.
[3] Así lo manifiesta un informe sobre brecha de genero del Foro Económico Mundial (WEF), fundación sin fines de lucro con sede en Ginebra que analiza los problemas más apremiantes a nivel mundial con el compromiso de mejorar la situación global.
[4] NGOZI ADICHIE, Chimamanda; “Todos deberíamos ser feministas”, Buenos Aires, 2016, Penguin Random House Grupo Editorial, p. 53.
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